jueves, 24 de marzo de 2016

Ese súper yo que mata



El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta; el segundo, un imbécil. Voltaire


-¿Alguien tiene algo más que decir?
Lo dijo casi casi gritando, verdaderamente enojada. Había llegado al límite, estaba claro. Todos se quedaron muditos, agarrotados.
Así que continuó:
- Estoy harta de las malas pasadas del inconsciente,  harta de las psiquis desamuebladas.
La decena de personas que le escuchaban seguían en silencio,  mirando, paralizados.
Todos sabían que ese  pasado traumático les tenía encapsulados, que habían perdido el deseo.
Ahora, perdidos en esa isla, incomunicados, tras el naufragio del barco que les traía del concurso de Míster Universo, celebrado en Filipinas, se encontraban más hundidos que el propio barco en el navegaban.
Con su desesperación en aumento y sabiendo que, como única mujer, debía coger las riendas de tan incongruente situación, comenzó a resolverla como ella muy bien sabía, con esa gran ilusión que ponía en todo y que le caracterizaba. Con esa gran fantasía que, en momentos enojosos, ponía en marcha.
Si, si, uno a uno, les fue liberando de ese superyó que les castraba, con ese gran placer de actuar con el deseo. Sin tapujos, con esa gran pulsión de vida que tanto le singularizaba.
Un barco mercante pasó a los tres días por la isla, pero tuvo el tiempo suficiente.


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